17 de enero de 2012

COLABORACIÓN DE UN HIJO DE VILLARES DE YELTES

Un  paisano de Villares de Yeltes, especialista en salud y colaborador del diario El Pais y otras publicaciones, me hace llegar un texto del libro "Hijos del Uranio" próximo a editarse. Para los que no lo sepan, Perniculás es el nombre con que se conocía a Villares de Yeltes en la prehistoria. 

Joaquin Mayordomo Sanchez Joaquin Mayordomo Sanchez

Colaborador especialista en Salud en El Pais

‎(...) Mientras tanto, en el monte por doquier, incluso en los descampados aledaños al pueblo, surgieron como setas extrañas torres de hierro. Los camiones rompían continuamente la armonía y quebraban el silencio, no importaba a qué hora, hasta desgarrar casi los tímpanos, y aquella paz rural que siempre gozó Perniculás, desapareció para siempre. No hubo bardal que se resistiese a aquellos artilugios infernales que eran capaces de rodar sobre los rollos y peñascos más aguzados, gatear casi en vertical por las laderas o de descender a las quebradas más profundas. Abrían roderas a mansalva y el polvo, dado que aún no habían llegado las lluvias del otoño, era un manto espeso blanquecino que cubría hasta el horizonte, tiñendo los habituales colores arco iris otoñales de un color lechoso, descompuesto y uniforme, muy parecido a la nata rancia que olvidaban las abuelas en algún rincón de la despensa; un manto sucio y universal lo envolvía todo. Hasta el tostado natural, tirando a oscuro, de los perniculasinos empezó a decolorarse en sus rostros. Los autóctonos, confundidos por tanto ruido, por tanto misterio y por tanta charlatanería inútil en torno a posibles negocios y riquezas, fueron perdiendo su habitual fuerza y alegría, mientras deambulaban por sus tierras como zombis, sorprendidos de que aquel Apocalipsis, que no acaban de entender ni asimilar, empezara a devorarles, incapaces de reaccionar ya, ante su falta de ánimo y energía para protestar.

La carretera se convirtió pronto en una autopista sin gobierno. Por dónde no pasaban más de una docena de coches renqueantes a diarios, ahora era un desfile de automóviles y un ir y venir continuo de camiones, extraños tractores, coches oficiales y hasta algún que otro autobús que venía a traer o a recoger personal. Las que fueran pistas rudimentarias de piedra y barro, por las que los perniculasinos se desplazaban a sus tierras de labranza o a atender a sus haciendas, se llenaron de baches, agujeros que hasta los burros esquivaban, incapaces de salvarlos cuando, cargados con los arreos y de alforjas hasta arriba, transportaban a sus amos a la obligación de sus quehaceres. Baches que luego fueron socavones con la lluvia, y que, al final, convirtieron a aquellos caminos viejos de siglos, en intransitables barrizales por las que sólo las orugas de ruedas mastodónticas, que ya transportaban la primera extracción de mineral, podían pasar y campear a sus anchas. Entonces los lugareños empezaron a dar rodeos, a trepar por las laderas para trazar nuevos senderos, mientras, desorientados y confusos, miraban a las tierras de las que habían sido expulsados a la vez que huían del alboroto como de la peste, a la vez que hacían esfuerzos para vencer la querencia y evitar aquellas vías esculpidas en la tierra a base de tiempo por sus antepasados.

El ganado, las vacas en particular, dejaron de dar leche. Se sentían sometidas a un estrés, desconocido para ellas, que les negaba cualquier momento de reposo y hacer así su trabajo hormonal. Sorprendidas, como todo el mundo, por el barullo y la novedad, perdieron el apetito y se volvieron seres mustios; languidecían bajo los árboles observando como se agostaban los pastos ante sus narices. Perdieron la alegría de vivir y ni las cencerras fueron capaces de hacer sonar ya. Hubo abortos a mansalva. El veterinario de Villavieja, don Antolín, responsable también de la comarca, no daba a vasto. Las novillas, primerizas, no se quedaban preñadas ni mimándolas con doble ración de algarrobas. También los pastores empezaron a quejarse de que las ovejas no dormían, que atacadas por el insomnio se pasaban toda la noche balando; y con las cabras sucedía otro tanto, aunque, éstas, más independientes, se las arreglaron para hacerse una especie de tapones con sus largas orejas y así conciliar el sueño a ratos. Todas las hembras en edad de gestar o de dar leche redujeron notablemente su producción o se secaron.

Los marranos fueron los únicos seres vivos a los que les dio igual el cataclismo; es más, disfrutaron como nunca mientras se ponían las botas a hozar... Con tanto husmear en los desperdicios de los mineros... hasta ganaron kilos. La mierda que iban sembrando por todas partes los hombres extranjeros del mono azul y rótulos naranja, al amparo de la industria de la mina, la aprovechaban los gorrinos, menos mal, para nutrirse, distraerse y... hasta acababan relamiéndose. Husmeaban en los botes de melocotón en almíbar medio abiertos, y hasta metían la lengua en ellos, mientras que a las latas de sardinas y de atún abandonadas bajo cualquier encina, trataban de sacarle los hígados; los envoltorios de foagrás o mortadela, la consabida rebanada de pan que se fue al suelo y que nadie recogió, los plásticos de todo tipo, todo, todo, era motivo de risa entre los gochos, además de un novedoso alimento con el cabía otra cosa que disfrutar. También esos otros guisos de sabor extraño y olor oscuro, como las empanadas hindúes, las longanizas y morcillas de Zamora, o los fideos chinos, hacían que la piara se regodease de continuo en la fortuna que tenía por abundar tantas delicias donde antes había sólo hojarasca y, como mucho, bellotas en el otoño. Todo les venía bien a estos benditos puercos que todavía entonces campaban a sus anchas por las dehesas y tierras de comunes perniculasinas, ignorantes aún de que muy pronto, un día aciago para ellos, llegaría la Peste Africana y se los llevaría por delante. A todos.

Se ponían la bostas los cerdos, sí; pero gracias a ellos, a su afán de hozar y remover todo lo que encontraban a su paso, la tierra se oxigenaba y parecía un poco más limpia, dado que los señores de las minas ya se veía que no iban a hacer nada por conservar aquellos montes en su estado original.

Este estado de ánimo y de confusión humana y animal duró no más de un año. Todo el mundo tuvo que pasar su sarampión para que el pueblo volviera poco a poco a la normalidad de siempre. Las vacas superaron su apatía, las ovejas volvieron a dormir y los labriegos se lavaron la cara, es un decir, para recuperar el color habitual. La Tierra seguía dando vueltas mientras el misterio de las Minas de Uranio de Perniculás les tenía atrapados a todos, obsesionados como estaban con esa misteriosa riqueza a la que no acababan de ver por ninguna parte ni captar cómo podía hacerse realidad.

(Del libro Hijos del Uranio, de próxima aparición)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jesus eres un fenomeno, cuanto bu8eno estas. Haciendo por el pueblo de boada.