10 de marzo de 2014

EL PODER, LAS TRAMPAS... Y EL CEMENTERIO NUCLEAR


El poder, las trampas... y el cementerio nuclear
 
 
El Poder, que va de la mano del dinero, suele hacer trampas para perpetuarse, aunque sus dueños suelen decir que “sólo cumplen con la legalidad”. Trampas que, como todo el mundo sabe, les sirven para arrimar el ascua a su sardina. Y así está ocurriendo en el proyecto minero para explotar a cielo abierto una mina de uranio en los pueblos salmantinos de Retortillo y Villavieja de Yeltes.

El poder de la empresa Berkeley Minera España es tan grande que puede conseguir los informes más favorables, incluso perfumados y adornados con flores; lo que sea, con tal de tapar los cadáveres de los cientos de aves, peces y otros seres vivos, entre los que hay que contar los miles de robles, alcornoques y encinas (¡centenarias, milenarias... sí, milenarias!) que piensa arrancar. Ni una nota discordante, ni una mala palabra, ni un exabrupto en el comportamiento exquisito que Berkeley Minera.

Estas empresas, que viven de los truhanes y jugadores de bolsa, cepillan su traje cada mañana para que ni una mota de polvo o una arruga mal puesta pueda dar la impresión de que están en decadencia o han perdido brío. Como el camaleón, concentran su esfuerzo en pasar desapercibidas; hasta que la presa incauta cree en su buena fe y ¡zas!, ¡zas! se la comen. Así le sucederá a los habitantes y tierras de Retortillo, Villavieja de Yeltes, Villares de Yeltes, Boada, etcétera, pueblos que viven “encantados” con los cantos de sirena con los que todos los días les arrulla la minera australiana. Que si va haber empleo... Que si habrá más riqueza... Que si le dan dinero para que arreglen sus calles... Pero un día despertarán estas buenas gentes y sólo verán a su alrededor desolación y abandono porque los accionistas de la mina habrán cogido ya su botín y salido corriendo, dejándoles con la mierda.

Pero volvamos a la idea inicial de este artículo. Si usted lee la literatura (que es pública) que ha presentado Berkeley Minera España para conseguir poner en marcha su proyecto minero de Santidad-Retortillo, no podrá objetar ni una coma. ¡Su relato es perfecto! Nada escapará a su control, dicen sus directivos; incluso piensan hacer, sonríen éstos, más esfuerzos por preservar el entorno que previamente van a destruir, que aquellos que les exige la normativa europea. Algo así como que las encinas de 800 años que arranquen, por arte de magia, volverán a florecer. O que el río Yeltes, que con toda seguridad envenenarán, se llenará de la noche a la mañana, otra vez, de peces hermosos y hasta de sirenas. Así son de optimistas en Berkeley. Son tan sutiles —es decir, tienen tanto dinero— que hasta la misma Junta de Castilla y León (y sobre todo, los que en ella mandan o los que por ella merodean) —que huelen el dinero como nadie— no ha dudado, tras leer la documentación aportada por Berkely, en concederle el plácet. Así, sin ningún rubor, la Administración castellano-leonesa ha declarado “impacto ambiental favorable” a la futura actividad minera que piensa poner en marcha Berkeley, si la Unión Europea no lo remedia.

¡Santo Cielo! ¿Cómo puede entenderse esto? ¿Cómo puede quedarse tranquila la sociedad, las gentes de buena fe, los ecologistas... partidos políticos como el PSOE, Izquierda Unida... cuando lo que va a ocurrir es un cataclismo ecológico, medioambiental y quién sabe si humanitario? La mina acabará con el ecosistema protegido por varias directivas europeas, con un balneario que es casi un hospital para esos miles de personas que lo visitan cada año, con la ganadería de la zona, que será puesta en cuarentena; acabará con aves y peces y, quién sabe si, a la larga, también con la vida de muchas de las personas que habitan en esa región fronteriza entre España y Portugal...

Más hete aquí que acaba de producirse un milagro. ¡Milagro! Bueno, milagro no, porque éstos no existen. Pero sí un hecho singular que puede ser muy importante para el devenir de este proyecto minero. El Consejo de Seguridad Nuclear, que no puede permitirse andar con paños calientes ni ambigüedades después de lo sucedido en Chernóbil y en Fukushima, le acaba de decir al poder de Berkeley Minera, que su literatura está muy bien, incluso es bonita, pero que no cuela. Que los muchos residuos —¡millones de kilos de residuos!— son radioactivos y no pueden echarse sin más, como pretendía Berkeley, en el hueco que vaya quedando libre tras extraer el uranio. Y por que son muy educados en el CSN, y sólo les dicen que el proyecto tiene “carencias significativas”, que si fueran tramposos como es Berkeley, le dirían a la cara que “están obrando de mala fe”, y que sus informes, o sea, la litera que presentan, son “una chapuza”.

Una chapuza interesada, claro, porque lo que Berkerley defiende es que los residuos de la explotación minera son “naturales” y que su manipulación ni quita ni pone peligro ni radioactividad a la que ya existe “en el ambiente” de la zona. Pero el CSN, que como decimos, tiene que tener mucho cuidado con lo que hace y dice, por lo que pudiera ocurrir en el futuro, les insiste en que menos lobos Caperucita y que los residuos son residuos radioactivos y que como tales deben tratarlos.

¿Esto que significa? Desde el punto de vista de la empresa minera, entendemos que poca cosa. Si acaso una chinita más en su camino que se quitarán de un puntapié. Para ellos no es más que un pequeño contratiempo que subsanarán adecuadamente con un nuevo informe en el que indicarán con pelos y señales cómo van a tratar esos residuos para que nada quede sujeto al azar ni se corran riesgos. Para eso tienen el dinero y el poder; para hacer los informes a favor que necesiten.

Pero desde el punto de vista de la opinión pública, lo que acaba de señalar el CSN es muy, muy importante. Porque es reconocer públicamente que no se está hablando de una mina cualquiera sino de una mina que la manipulación del material que genera es sumamente peligrosa y por tanto todo el proceso, incluido el almacenamiento de residuos, exige la máxima seguridad  y medidas excepcionales de almacenamiento. Es decir, y dicho de forma clara y rotunda: cuando dentro de diez años la empresa minera se vaya, en Retortillo quedará un cementerio nuclear con radioactividad para más de mil años.
 
 

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