22 de agosto de 2011

BOADA Y LA EMIGRACIÓN.

Historia de EMILIA GARZÓN BENITO, niña de Boada que a los cinco años abandonó su pueblo, rumbo a Cuba, con sus familiares. Nunca más regresó a Boada, pero sí tiene contactos.

Aquí os copio un texto de Pilar Sánchez, donde nuestra paisana Emilia cuenta su vida y otros detalles de interés.

Transcurría el invierno de 1920 cuando toda su vida cambió. El mundo limitado a la familia, a las casas de Boada y Fuentes de San Esteban, a las descripciones de una lejana Salamanca y las historias de guerra en los campos de batalla de Francia, donde pelearon el padre y otros familiares y vecinos de la aldea durante la Primera Guerra Mundial, quedó atrás para siempre. Se abrían nuevos horizontes, con misterios y descubrimientos a cada paso.

Para la niña de cinco años, Emilia Garzón Benito, sin embargo, hasta los más pequeños detalles de esa breve vivencia en su natal Boada, quedaron impresos de manera indeleble en su memoria. Ahora, a la altura de sus 90 años, asombra a familiares españoles y cubanos con la vívida imagen que guarda de la casa natal, de los toros pastando en la pradera visible desde una ventana posterior de la vivienda, de las comidas preparadas en el hogar de carbón al centro de la habitación principal, alrededor del cual se desarrollaba la vida en común.

El primero en emigrar fue el padre, Mariano Garzón Torrens, quien respondió a la oferta de un tío de la esposa, establecido en La Habana, donde era dueño de una sastrería. Meses más tarde le seguiría la madre, Teresa Benito Corral, acompañada de Emilia de cinco años y María de los Sucesos, menor de dos años.

Del viaje Emilia recuerda haber ido primero a una casa en Ciudad Rodrigo, perteneciente a la familia Corral. De buena posición económica, esta residencia te impresionó no sólo por su mobiliario lujoso, sino por un baño muy distinto al que conocía hasta ahora, situado dentro de la casa (en la aldea eran excusados fuera de la vivienda principal), y que se descargaba halando una cadena, lo cual la asustó tanto que no quiso volver a utilizarlo.

Miembros de la familia en Ciudad Rodrigo las acompañaron hasta el punto de embarque en Cádiz, donde vio el mar por primera vez para atravesarlo en un barco de dimensiones que le parecieron inmensas a su pequeñez. De acuerdo con la Cartera de Identidad de emigrante, a nombre de María Teresa Benito y Corral, número 83571 que conserva hasta hoy Emilia, junto a su madre y hermana, abordaron el buque Alfonso XIII el 9 de diciembre de 1920 rumbo a Cuba.

Una isla como destino

Una nueva oleada de decenas de miles de emigrantes procedentes de casi todas las regiones de España vinieron en las primeras décadas del siglo XX a probar fortuna a Cuba, de donde algunos coterráneos volvían ricos y aseguraban su ulterior vejez en la madre patria. Aunque la laboriosidad y economía de la mayoría ayudó a mejorar sus expectativas de vida bajo el sol tropical, no todos cumplieron su sueño de regresar a la aldea con los bolsillos llenos. Esta es una de esas historias.

Una vez reunida la familia Garzón-Benito en La Habana, los Corral le dieron albergue en una edificación adjunta a la casa principal, en la esquina de Santa Catalina y Juan Delgado, en la Víbora, hoy Municipio 10 de Octubre, que actualmente alberga a una Escuela Especial. Este sería su hogar transitorio hasta que empezó Mariano a construir su propia casa en Pasaje Este número 22, entre General Lee y Lacret, Santos Suárez, casa que aún existe, pero con otros propietarios.

La sastrería, situada en la calle Corrales en la actual Centro Habana, fue el sustento principal de la familia Garzón Benito hasta que fue cerrada por los años 40, después de la muerte de Corral y el despilfarro hecho por el joven hijo de la fortuna del padre. En estas circunstancias, el padre de Emilia buscó una nueva ocupación y abrió una pequeña zapatería en la esquina de Santos Suárez y San Julio, también en Santos Suárez.

De acuerdo con familiares en Boada, con quienes Emilia restableció contactos sólo recientemente, los oficios realizados por la familia Garzón y Benito en España eran precisamente la sastrería y la confección y reparación de calzado.

Emilia sufrió los avatares del resto de las jóvenes de escasos medios de aquellos tiempos. El trabajo de bordados y modistería sustituyó a sus sueños de maestra normalista, tronchados por el cierre de esa escuela durante la dictadura de Gerardo Machado. Buscando desenvolverse en esta coyuntura, estudió mecanografía y taquigrafía, pero el padre no la dejó trabajar fuera de casa. No obstante, siendo la mayor de tres hermanas, Emilia ayudó al sostén de las más pequeñas, María de los Sucesos y Mariana, aceptando encargos de bordado y costura que le ganaron cierto prestigio de buena modista en el barrio.

La buena administración de Mariano y Teresa de los magros ingresosde la familia, sin embargo, permitieron a todos pasar los difíciles años 30 ytodavía sacar un peso o dos para mandar junto a sus cartas a los parientes quepermanecieron en la aldea. Sólo recientemente, conoció Emilia por el hijo deuna prima, Justi Hemández, quien dio fe de aquellos envíos, que esas pequeñasdonaciones mantuvieron vivos a toda la familia después de la devastaciónocasionada a España por la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

La música, las costumbres austeras y la comida española siempreambientaron la casa de La Habana y, aunque Mariano, Teresa y sus hijasno eran miembros ni asistían regularmente a actividades organizadas porla sociedad castellana, los padres mantuvieron el fuego vivo del amor porEspaña, mediante la correspondencia y oyendo las trasmisiones de radio desdela península Ibérica.

Con el tiempo, la casa de los padres resultó cada vez más pequeña paralas tres jóvenes casaderas. Emilia, por ser la mayor, fue la primera en comprometersecon un joven que vivía en la misma cuadra de la zapatería deMariano: Alfredo Fors Sánchez, descendiente de catalanes por parte de padrey de canarios por parte de madre.
DEL DICTADO DEL PADRE AL DEL ESPOSO

De espíritu independiente para la época, Emilia relegó el interés de ejercerel magisterio, primero, y luego de poner en práctica sus conocimientosde secretariado, para dedicarse al esposo, con quien contrajo matrimonio en1940, y a criar tres hijas después. Pocos meses luego de la boda, sin embargo,la vida puso a prueba su amor, tratando de arrebatarle a Alfredo, quien contrajoel llamado “tifo negro”1. Emilia pidió ingresar con él en el pabellón deinfecciosos del hospital de la Asociación de Dependientes de La Habana y allípermaneció hasta su restablecimiento casi dos meses después. La enfermedaddel esposo también la hizo interrumpir el embarazo que recién comenzaba portemor a que afectara el feto.

Recuperados ambos de aquella trágica etapa, Emilia pudo tener familia, yen la búsqueda de un hijo varón, dice ella sonriendo, el matrimonio tuvo treshijas: Elsy, Elina y Emilia. Empezó a compartir los ideales del esposo, pagadordel muelle de Atarés, tesorero del Sindicato Portuario, a la sazón dirigidopor Aracelio Iglesias y afiliado al Partido Ortodoxo. Ella cuenta de los valientes alegatos de Eduardo Chibás, cabeza de ese partido, y cómo el suicidio de éste afectó a la mayoría del pueblo que asistió en masa a su entierro.

Por dictados legales de aquellos años, y en la esperanza de trabajar fuera de casa algún día, Emilia asumió la nacionalidad cubana, que era la del esposo. Pero nunca para él ni para la familia Fors dejó de ser “la gallega”, mote (con significados que iban del cariño al desprecio) que se le da en Cuba a todos los españoles, sean andaluces, asturianos, catalanes o castellanos por igual. Quizás los únicos excluidos de ser llamados gallegos, eran los “isleños”, inmigrantes procedentes tanto de las Islas Canarias como de las Baleares.

Una expresión trasmitida por Alfredo a su madre y hermanas y luego a sus hijas era que lo mejor llegado de España eran “Emilia y el jamón serrano”. Amaba los platos de la cocina española preparados por Emilia, quien junto a su suegra le incorporó los más gustados de la gastronomía criolla. Así era ella quien preparaba todas las tortas de los cumpleaños de las hijas, quienes recuerdan sobre todo los pudines, helados, natillas, arroz con leche y torrijas (sic).

De la abuela Teresa, las hijas recuerdan sus garbanzos fritos con chorizo, la tortilla de papas, cebolla y perejil cocinada a fuego lento, así como el cocido que en Cuba suele llamarse “caldo gallego”, con carne, embutidos, berza, nabo y papa. El bacalao también formaba parte de varios platos de la cocina de la madre de Emilia.

Buen esposo y mejor padre, Alfredo era también un fiel amigo. Acostumbraba llevar a estibadores y trabajadores de los muelles a almorzar en casa, gustaba de salir los domingos a la playa y el campo y realizó con Emilia dos viajes al exterior, pero ninguno a España. En 1950, Alfredo dejó el trabajo en los muelles para establecer su propio negocio de forrajería (venta de pienso para animales y útiles agrícolas), en San Francisco de Paula, a 12 kilómetros del centro de La Habana. Hombre confiado y honesto, Alfredo chocó contra el medio hostil de la competencia en el mercado que incrementó sus esfuerzos por sostener a la familia.

Trece años duró esa unión que sólo se rompió con la muerte precoz y súbita de Alfredo en 1952, a punto de cumplir los 37 años, por una trombosis coronaria. Emilia quedó viuda con tres hijas de ocho años, seis y uno y medio. Nunca más volvió a casarse por el temor a que un nuevo cónyuge maltratara a sus niñas. Así ejerció, en las más duras circunstancias, la independencia que de joven deseara, pero esta vez para sacar adelante una familia de la que fue y sigue siendo hasta hoy el horcón principal.

Coraje y Ternura

Emilia tuvo entonces que tomar decisiones dolorosas, pero necesarias. Renuente al principio a separarse de las hijas, la madre debió escoger por el
bien de éstas y dejó ir a la mayor, Elsy, con la cuñada que vivía en New York, quien se ocuparía de darle educación en ese país. Elina, la mediana, quedó en manos de la cuñada Hortensia y la abuela por parte de padre, Modesta, quienes vivían en Santos Suárez, mientras la más pequeña entró en un internado de primaria a cargo de una orden de monjas mexicanas, situado en la Calzada de Luyanó y llamado “La Sagrada Familia” y posteriormente, con los padres de Emilia.

No obstante esta desgarradora separación, Emilia siguió jugando su doble papel en el corazón de sus hijas. Incluso en el de la más lejana, cuenta ella, quien le escribía para que vendiera el establecimiento y el automóvil de reparto, a fin de irse a trabajar a Estados Unidos. Allí finalmente fue, acompañada de Etina, para reunirse con Elsy y trabajar en un taller de costura, el mismo donde trabajaba su cuñada. Dos años después debió regresar de urgencia en 1957, por una crisis de vesícula que terminó en el salón de operaciones.

Al término del curso escolar en mayo de 1958, Elsy regresó junto a su madre y no viajaría más a Estados Unidos a fin de estudiar secretariado, poder trabajar lo antes posible y contribuir al sustento de la familia, en ese momento dependiente de la costura de Emilia y algunos aportes del abuelo Mariano.

Irrumpe entonces la Revolución con toda su carga de cambios, sobre todo en las costumbres de su gente. Emilia se trasladó con sus hijas de la casa de sus padres, la que Alfredo construyó cuando se casaron, atrás de la residencia principal de la familia Fors, donde reside actualmente. Todas las posibilidades de educación y trabajo se abren ante las hijas y aunque mantiene el espíritu protector sobre ellas, deja que abran sus alas, viéndose realizado en ellas lo que no pudo alcanzar en su juventud.

Cambios bruscos habría de asimilar respecto a su vida anterior. Su hija mayor empieza a trabajar de secretaria a los 16 años, la segunda, Elina, se incorporó a la campaña de alfabetización y es situada en Pinar del Río, donde viajó Emilia algunos fines de semana y cuando esta cumplió sus 15, la fecha se celebró de manera modesta con una torta confeccionada por ella junto a la familia campesina a la que fue asignada la hija para alfabetizar a sus miembros.

Quizás la situación más difícil sería aceptar que la hija más pequeña, Emilia, ingresara en una carrera militar, con la aversión que toda la vida tuvo a las armas y la violencia. Pero una vez dado ese paso, siempre alentó a las hijas a trabajar y defender un gobierno que les había dado las oportunidades que ella no tuvo y cuyos principios eran los mismos que predicaba el esposo Alfredo.

Como unida mantuvo a la familia más cercana, lejos se irían sus hermanas, cuñadas, sobrinos y suegra. Perdió a sus padres, Teresa murió en 1960 y Mariano en 1967. Las hermanas, una estaba ya en Venezuela antes de la Revolución y otra se fue a Estados Unidos a principios de los 60, dejándose influir por los rumores que le quitarían la patria potestad sobre sus hijos. La familia de Alfredo saldría más tarde rumbo a Estados Unidos, dejando la casa donde hoy vive Emilia y dos de sus hijas.

Una nueva generación

Una vez desaparecidos sus padres, Emilia asumió el relevo en la tarea de inculcar en los más jóvenes el amor a España, su música y tradiciones. Si sus hijas y nietas no se inclinaron hacia el baile español, siempre había fiestas de disfraz para las que ella confeccionaba improvisados trajes de gitana o española con retazos de vestidos, añadiéndoles abanicos, castañuelas y mantillas que guardaba para esas ocasiones.

Dice haber tenido la oportunidad de conocer Madrid, por donde pasó en tránsito en dos ocasiones, en viaje hacia y desde Londres, donde la hija mayor se desempeñó como corresponsal de la agencia Prensa Latina. Antes acompañó a Elsy a Moscú, donde realizó igual función. Pero a pesar de esos viajes, nunca pudo regresar a Boada, de la que solo la separaron tres horas en automóvil desde Madrid.

Emilia Garzón dice tener una vejez feliz, rodeada de sus tres hijas, cuatro nietos (dos varones y dos hembras), dos biznietos y otro en camino. “Por otra parte, igual que nunca me olvidé de ella, tampoco España se ha olvidado de mí, porque ahora recibo una pensión del gobierno de Castilla y León”, que según cuenta, la ayuda a contribuir a los gastos de la familia. Desde hace seis años es miembro de la sociedad Salmantina, una de las sociedades castellanas de Cuba, y sus reuniones son citas obligadas con los demás emigrantes.

Después de cumplir 90 años el 12 de noviembre de 2004, piensa que el único sueño que no se le ha cumplido es el de volver a ver la aldea, pero “mi hija fue en el año 2001 y trajo fotos de la que fue mi casa, tal y como yo la recordaba”. Desde hace algunos años, agrega, “tengo el placer de la visita de Justi, el hijo de una prima muy querida que me trae noticias de la familia que nos queda allá.”
 

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